“Dios no solo juega a los dados,
sino que a veces los arroja donde no podemos verlos”
Stephen Hawking
Hacía mucho calor y llevaba bastante tiempo dentro de ese claustrofóbico laboratorio. Estaba realmente cansado. No física, sino moralmente. La rutina había hecho que durante unos minutos se quedara como en blanco delante de los sofisticados sistemas de seguimiento y del radiotelescopio. Su cara tenía esa expresión que pone la gente cuando se sienta delante de un televisor viendo un programa de ese que podemos incluir en la llamada telebasura. Durante esos instantes pensaba en su familia, en sus amigos, en lo que tenía para cenar por la noche… Cualquier cosa esa más interesante que examinar informes, revisar el sistema, actualizar el control de radiotelescopio, y un largo etcetera.
De repente notó algo en su interior que le hizo salir de su atontamiento. Se dio cuenta de que su cuerpo estaba a punto de expulsar todo aquello que no necesitaba… Se levantó para ir al servicio y, cuando no había andado ni tres pasos, oyó un pitido en la sala que acababa de abandonar. Le sonaba familiar, aunque eso no le salvó de sentir un estremecimiento de pies a cabeza. Rápidamente volvió a la sala y se sentó en su sillón delante de la computadora…
No se lo podía creer. ¡Allí estaba! El inmenso radiotelescopio había captado una débil pero inquietante señal de una zona oscura del espacio. Sin salir todavía de su atónito asombro, no tardó en llamar a sus dos compañeros diciéndoles que se acercaran al laboratorio para contrastar y analizar la señal. ¿Sería auténtica?
Una vez hubieron llegado al laboratorio, tardaron un poco en tranquilizar a su amigo para que les explicara lo que había pasado… No, mejor aún. Lo que estaba ocurriendo. Porque esa señal seguía ahí fuera. Se pusieron sin más demora a encender y conectar todo el instrumental al radiotelescopio para interpretar esa señal.
No cabía duda. La señal tenía que ser auténtica. No esa como las señales que irradian los cuerpos celestes, producidas por las partículas de luz que desprenden. Ni la señal característica del elemento más abundante en el universo: el hidrógeno. Esta era diferente. Su amplitud era constante y su frecuencia variaba en ciclos muy pequeños, de tal manera que, al cabo de unos pocos segundos, todo volvía a repetirse. Como un bucle.
Entusiasmados, nuestros héroes intentaron enfocar todos los sistemas de apoyo al radiotelescopio hacia esa pequeña y oscura zona del espacio todavía sin nombre. La señal se hizo más nítida y potente. Pasaron los diferentes filtros anti-ruido para eliminar la famosa basura radiofónica. Finalmente, conectaron el traductor de señales que transformaba la señal obtenida desde el espacio en vibraciones de las moléculas que componen el aire, es decir, en sonido. Cualquier estudiante de interpretación hubiera pagado por ver las caras de los tres amigos, que expresaban el misterio y la emoción en su estado puro.
Cuando subieron el volumen de los altavoces de la sala, escucharon ese sonido. ¡Era una voz! O, al menos, eso creían los tres científicos. Estuvieron varias horas escuchando esas vibraciones que tanto se parecían a una voz. Estaba claro. El momento más esperado de todos los tiempos por muchos científicos había llegado. El posible contacto estaba a punto de suceder.
Per un problema crecía por momentos en cada una de las mentes de los tres privilegiados: ¿qué es lo que están diciendo? ¿Se trataba de un saludo? ¿O, peor aún, de una amenaza?… Acto seguido, las sensaciones de entusiasmo fueron sustituidas por el miedo y el más ancestral terror a lo desconocido. Los tres se miraron entre sí sin saber qué decir a tan evidente pensamiento.
Después de casi siete horas de intentar descifrar y traducir el misterioso mensaje de las estrellas, por unanimidad decidieron que lo mejor sería dejarlo para el próximo día y descansar. Llevaban todo un día de intenso trabajo y, tras las emociones, sus frágiles cuerpos no podían aguantar más. Es más, mañana sería otro gran y duro día por la presentación del descubrimiento a la sociedad científica. Recogieron todo lo necesario y salieron del laboratorio. Tras comentar brevemente el plan del día siguiente, los amigos se despidieron agitando sus largas y blancas manos con sus cuatro falanges en cada una.
Por las prisas, el primero de ellos, el que detectó la señal, se olvidó de apagar el traductor de señales, que estuvo desvelando el misterioso mensaje por la solitaria sala.
Aquella voz decía: “Este es un pequeño paso para el hombre… pero un gran salto para la humanidad”.
Autor: David Díez
Relato seleccionado para el VIII Certamen “Santa Tecla” de relato breve de 2010




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