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La radiante luz de la luna entraba por la ventana abierta. Allí estaba en lo alto del cielo, como única testigo de lo que estaba a punto de suceder. Me encontraba en un rincón de la habitación, totalmente a oscuras. La luz de la luna no llegaba adonde me encontraba. Eso era lo que había planeado.

Poco a poco, la espera se hacía más y más inaguantable. Más de una vez ya había hecho algo parecido, pero esta vez había algo en mi interior que me decía que iba a ser especial. Ya había cometido otros asesinatos; 32 concretamente. Los había ejecutado con suma inteligencia y con inmenso cuidado. Rozando incluso la máxima perfección posible. Pero mi espíritu no se había llenado de la suficiente satisfacción.

Una vez, un periodista dijo que la policía estaba ante un caso claro de múltiples asesinatos llevados a cabo por varias personas… eso me enfureció extremadamente. Empecé a pensar que toda mi obra quedaría en el olvido y que no llegaría a los libros de historia como el mayor asesino de todos lo tiempos. Es muy difícil superar a personajes como Stalin, Hitler, Elizabeth Bathory o Vlad Tepes, pero intentaría acercarme a ellos lo mayormente posible.

Y esta sería mi próxima víctima. Ya llevaba tiempo observando sus movimientos desde que la vi por primera vez haciendo footing por el paseo marítimo. Se prácticamente todo sobre ella: se llama Jolie, tiene 23 años de edad y desde hace dos intenta hacerse un hueco en el mundo de la moda como modelo. Vive con una amiga compañera de profesión la cual hace unos días se fue a pasar unas semanas con sus padres. Ahora está sola en casa y estoy en su habitación, escondido esperando a que llegue de un momento a otro.

Tiene un cuerpo escultural, aunque lo que más me atrajo fue su largo y frágil cuello… Desde el primer día sentí un deseo irrefrenable de agarrar su cuello y sentir cómo se rompe bajo mis manos. Y aquí estoy, esperando ese momento desde hace ya un tiempo.

Se oyen unos pasos al otro lado de la puerta de entrada. Según la hora lo más probable es que sea ella. Me preparo. Ya está dentro de  la casa y se dirige hacia la habitación donde me encuentro. Desde mi posición puedo ver la puerta entornada y la cama. Veo su figura a través del hueco de la puerta. Parece un poco desconcertada al ver que la puerta no está cerrada del todo, pero al final entra. Da al interruptor de la luz pero esta no se enciende, ya que me ocupé de aflojar las bombillas de la lámpara. Después de unos segundos de duda, decide entrar a oscuras.

Se detiene delante de la ventana y empieza a desnudarse. Poco a poco deja ver su perfecto cuerpo desnudo, se sienta en la cama y bajo la luz de la luna llena, se recoge el pelo dejando a la vista su precioso cuello… Desde mi posición puedo ver cómo se refleja la luz en su suave piel. Entonces decido que es el momento propicio para llevar a cabo mi propósito…

Poco a poco voy saliendo de mi escondite y llego a la altura de la cama. Ya estoy justo detrás de ella; puedo oler su perfume… Alargo mis manos en posición para agarrar su cuello, pero justo antes de que llegara a tocar su piel, siente mi presencia y se da la vuelta. Entonces yo actúo rápidamente amarrándola con todas mis fuerzas por el cuello. Sus ojos desorbitados muestran un gran terror al ver mi cara. Voy deleitándome con el momento y poco a poco aprieto su cuello con mis manos. Ella intenta disminuir la presión agarrándose de mis fuertes antebrazos, pero no consigue nada.

Cuando estoy en pleno éxtasis, oigo típico crujido bajo mis manos. Ya he acabado con su vida y, sobre todo, con su largo y fino cuello… La dejé tumbada en la cama y salí por la ventana sin dejar rastro; como ya venía siendo habitual en mí.

Ya han sido 33; pero como he dicho antes este asesinato no ha sido como los otros. Cuando ya estaba en la calle no sentí lo mismo que en otras ocasiones. Esta vez fue distinto. No noté ninguna satisfacción ni rechazo después de acabar con su vida. Era algo desesperante porque me sentía como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera entrado en aquella habitación. Sentía que no era suficiente, necesitaba seguir matando, y a un ritmo más rápido…

Después de unos días vi una noticia en el periódico que me hizo pensar, y mucho. La noticia trababa de que un eminente científico, último premio Nobel de medicina, iba a asistir a una convención donde impartiría una serie de charlas sobre su ya famoso descubrimiento: el hallazgo de una vacuna contra el SIDA.

Entonces enseguida me di cuenta de la gran oportunidad de mi vida, lo que había estado buscando todo este tiempo. Si conseguía lo que estaba empezando a meditar, seguramente que llegaría a cumplir mi deseo más profundo y todo tendría sentido al fin. Así que me puse manos a la obra y empecé a orquestar un plan para llevar a cabo mi gran obra maestra.

Durante meses urdí exhaustivamente un plan con todo lujo de detalles para no dejar un cabo suelto. Conseguí descubrir dónde trabajaba el científico. Llegué hasta allí y me las arreglé para entrar, tras mucho tiempo intentándolo, en una especie de laboratorio. Me había asegurado en que solo una persona estuviera en el laboratorio: el mismo científico. Allí se encontraba. Parecía que estaba observando algo en su mesa con gran admiración. Con sumo cuidado me acerqué por su espalda muy lentamente para que no me descubriera y le asesté un fuerte golpe en la cabeza con el bate de béisbol que llevaba conmigo.

Yacía en el suelo totalmente inmóvil. Un hilillo de sangre se asomaba por detrás de su cabeza; sin duda le di un buen golpe. Al cogerle me di cuenta de que no estaba muerto, solo inconsciente, de modo que le até a una silla con unas cuerdas que encontré y le tapé la boca con un fuerte esparadrapo.

En ese momento me fijé en aquello que celosamente estaba observando con tanta atención. Dentro de una gran caja fuerte que hacía la función de nevera, había una pequeña caja de metacrilato que contenía una extraña sustancia rosada. Me acerqué para cogerla, pero justo en ese instante un quejido de llamó la atención. El científico había despertado y estaba muy nervioso; mucho más que por el hecho de haber sido atacado.

Finalmente me di cuenta de cuál era la causa de su estado. No quería que me acercara a la caja, y mucho menos cogerla. Le quité el esparadrapo y le pregunté de qué se trataba. Me dijo que lo que esa caja contenía era algo horrible. Durante sus experimentos con su famosa vacuna contra el SIDA, habían descubierto ni más ni menos un nuevo tipo de virus extremadamente letal. Tan letal que nunca en la historia a habido algo así. Me suplicó que bajo ningún concepto abriera la caja, algo así podría desatar la destrucción de toda vida en la Tierra en apenas una semana…

Me quedé atónito, no sabría explicar muy bien lo que sentí en ese momento… Había llegado a ese laboratorio para cumplir un propósito y me encontré con otro mucho más interesante. Varias veces sentí el deseo de coger la caja y tirarla allí mismo, pero me contuve. Mientras el científico no paraba de hablar cada vez más nervioso, mi mente estaba maquinando otro plan más perfecto aún.

Los gritos del hombre eran ya insoportables. Al cabo de unos minutos me decidí, agarré la caja y con el bate le di un fuerte golpe en la cabeza. Seguidamente me encaminé hacia el aeropuerto internacional de la ciudad.

Pensé que ese era el lugar ideal para iniciar la expansión del virus. Durante el camino, mi nivel de excitación era tal que se me cayó la caja en un par de veces; menos mal que no se rompió. Una vez en el centro de la terminal internacional, múltiples ideas asolaron mi mente. Allí estaba yo, 18 de agosto de 2025, con el arma más mortífera que había visto el hombre y a punto de apretar el gatillo. Pensar que dentro de una semana habría aniquilado a toda la humanidad me llenó de orgullo. Aunque yo no lo podría ver con mis propios ojos, ya que sería uno de los primeros en caer…

Pero ya desde aquí, desde el infierno, me he dado cuenta de toda mi obra. Justo un día después de que abriera la caja, ya habían muerto casi un millón de personas. Y en menos de una semana, ya no quedaba nadie andando sobre el planeta. Pero ahí no quedó la cosa. Un par de siglos después, una civilización extraterrestre llegó a la Tierra para explorarla y mi sorpresa fue que el virus viajó con ellos hasta sus planetas. Ellos también cayeron, infectando a otros a su paso… Así siguió su curso exterminando toda forma de vida en el universo.

Y aquí, donde me encuentro, todos me aclaman como el mayor asesino de todos los tiempos.

Autor: David Díez

 

“Dios no solo juega a los dados,
sino que a veces los arroja donde no podemos verlos”

Stephen Hawking

Hacía mucho calor y llevaba bastante tiempo dentro de ese claustrofóbico laboratorio. Estaba realmente cansado. No física, sino moralmente. La rutina había hecho que durante unos minutos se quedara como en blanco delante de los sofisticados sistemas de seguimiento y del radiotelescopio. Su cara tenía esa expresión que pone la gente cuando se sienta delante de un televisor viendo un programa de ese que podemos incluir en la llamada telebasura. Durante esos instantes pensaba en su familia, en sus amigos, en lo que tenía para cenar por la noche… Cualquier cosa esa más interesante que examinar informes, revisar el sistema, actualizar el control de radiotelescopio, y un largo etcetera.

De repente notó algo en su interior que le hizo salir de su atontamiento. Se dio cuenta de que su cuerpo estaba a punto de expulsar todo aquello que no necesitaba… Se levantó para ir al servicio y, cuando no había andado ni tres pasos, oyó un pitido en la sala que acababa de abandonar. Le sonaba familiar, aunque eso no le salvó de sentir un estremecimiento de pies a cabeza. Rápidamente volvió a la sala y se sentó en su sillón delante de la computadora…

No se lo podía creer. ¡Allí estaba! El inmenso radiotelescopio había captado una débil pero inquietante señal de una zona oscura del espacio. Sin salir todavía de su atónito asombro, no tardó en llamar a sus dos compañeros diciéndoles que se acercaran al laboratorio para contrastar y analizar la señal. ¿Sería auténtica?

Una vez hubieron llegado al laboratorio, tardaron un poco en tranquilizar a su amigo para que les explicara lo que había pasado… No, mejor aún. Lo que estaba ocurriendo. Porque esa señal seguía ahí fuera. Se pusieron sin más demora a encender y conectar todo el instrumental al radiotelescopio para interpretar esa señal.

No cabía duda. La señal tenía que ser auténtica. No esa como las señales que irradian los cuerpos celestes, producidas por las partículas de luz que desprenden. Ni la señal característica del elemento más abundante en el universo: el hidrógeno. Esta era diferente. Su amplitud era constante y su frecuencia variaba en ciclos muy pequeños, de tal manera que, al cabo de unos pocos segundos, todo volvía a repetirse. Como un bucle.

Entusiasmados, nuestros héroes intentaron enfocar todos los sistemas de apoyo al radiotelescopio hacia esa pequeña y oscura zona del espacio todavía sin nombre. La señal se hizo más nítida y potente. Pasaron los diferentes filtros anti-ruido para eliminar la famosa basura radiofónica. Finalmente, conectaron el traductor de señales que transformaba la señal obtenida desde el espacio en vibraciones de las moléculas que componen el aire, es decir, en sonido. Cualquier estudiante de interpretación hubiera pagado por ver las caras de los tres amigos, que expresaban el misterio y la emoción en su estado puro.

Cuando subieron el volumen de los altavoces de la sala, escucharon ese sonido. ¡Era una voz! O, al menos, eso creían los tres científicos. Estuvieron varias horas escuchando esas vibraciones que tanto se parecían a una voz. Estaba claro. El momento más esperado de todos los tiempos por muchos científicos había llegado. El posible contacto estaba a punto de suceder.

Per un problema crecía por momentos en cada una de las mentes de los tres privilegiados: ¿qué es lo que están diciendo? ¿Se trataba de un saludo? ¿O, peor aún, de una amenaza?… Acto seguido, las sensaciones de entusiasmo fueron sustituidas por el miedo y el más ancestral terror a lo desconocido. Los tres se miraron entre sí sin saber qué decir a tan evidente pensamiento.

Después de casi siete horas de intentar descifrar y traducir el misterioso mensaje de las estrellas, por unanimidad decidieron que lo mejor sería dejarlo para el próximo día y descansar. Llevaban todo un día de intenso trabajo y, tras las emociones, sus frágiles cuerpos no podían aguantar más. Es más, mañana sería otro gran y duro día por la presentación del descubrimiento a la sociedad científica. Recogieron todo lo necesario y salieron del laboratorio. Tras comentar brevemente el plan del día siguiente, los amigos se despidieron agitando sus largas y blancas manos con sus cuatro falanges en cada una.

Por las prisas, el primero de ellos, el que detectó la señal, se olvidó de apagar el traductor de señales, que estuvo desvelando el misterioso mensaje por la solitaria sala.

Aquella voz decía: “Este es un pequeño paso para el hombre… pero un gran salto para la humanidad”.

Autor: David Díez
Relato seleccionado para el VIII Certamen “Santa Tecla” de relato breve de 2010