Muy de vez en cuando, menos de lo que me gustaría, me dejo imbuir por obras pictóricas de grandes autores clásicos. Me fascina que existan genios capaces de plasmar tanto mensaje en una sola imagen. Realmente creo que el arte, especialmente el pictórico, es algo tan innato en muestro ser como especie que independientemente del bagaje cultural del artista (o espectador) y de la época en que se crea (o se contempla) el mensaje es siempre directo, claro y con fuerza. Al fin y al cabo fue la pintura la primera muestra de arte del ser humano, la primera muestra de ese “salto” a lo que somos hoy.
Especialmente me atraen obras que expresan temas sobrenaturales, de misterio y religiosas. Creo que son las que mejor transmiten lo que el autor quiere expresar y las que más impacto deja al observador a los pocos minutos de contemplar la obra.
Estaba buscando y re-visitando varios autores cuando me encontré con esta maravilla: El Ángel caído (1847) de Alexandre Cabanel.
Haced click en la foto al título de este post para ver la obra entera. Merece la pena. En ella vemos un ejemplo de realismo (género pictórico del autor) del mismo Lucifer. Vemos su figura como un análisis anatómico perfecto (marcando cada uno de los músculos) y el espectacular colorido que inunda el primer plano. Todo ello en una escena de fondo donde vemos la Gran Batalla en los Cielos (Apocalipsis, 12) donde un ejercito de ángeles rebeldes son derrotados por el arcángel San Miguel y sus súbditos.

Pero lo interesante de la obra y lo que más me ha impactado es la mirada de Lucifer. Esa expresión de dolor, ira y venganza profundos hacia su creador.
Cuando observé la obra por primera vez, toda la escena del fondo y el colorido del primer plano me hizo fijarme directamente en la mirada. Y al fijarme detenidamente lo ví claro. El mensaje, la razón del ser de la obra era justo lo que estaba sintiendo. La ira y venganza generada por el dolor en estado puro.
Lucifer llegó a ser el gran favorito, la mano derecha de Dios. El más inteligente, hermoso y luminoso de los arcángeles. Pero tenia un defecto: la soberbia. Y esto le llevó a creerse igual a Dios y rebelarse; cosa que no acabó bien.
Y es que en verdad me sorprende la fuerza que estas obras transmiten. Cuando me sumerjo en ellas siempre descubro cosas nuevas. Matices que de primeras se escapan pero que cuando vuelvo a ellas descubro que son lo más importante de la obra. Lo que conecta con lo más profundo de nuestro ser y, como un resorte, nos activa esa esencia que nos hace humanos.
¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!
¡Has sido abatido a la tierra dominador de naciones!
Tú que dijiste: Al cielo subiré, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono. Subiré a las alturas del nublado, y seré como el Altísimo.
